Poner un dique a la desconfianza

Educar nunca ha sido fácil, pero las dificultades actuales a la hora de desarrollar esta hermosa tarea, pueden hacer que el pesimismo se haga cada vez más patente entre los educadores. Algo que se acentúa en la actual situación de crisis económica y que empieza a tener claras repercusiones en la inversión en Educación. Una palabra de esperanza al comienzo de un nuevo curso puede ser oportuna.

Quiero compartir en estos primeros días de curso un artículo que escribí hace un par de años publicado en la revista Religión y Escuela. Se titula “El reto del educador cristiano: poner un dique a la desconfianza” y presenta una síntesis de algunos pensamientos de Benedicto XVI sobre Educación, un tema que el Papa ha tenido muy presente en sus años de Pontificado. Creo que sus palabras, siempre profundas y apuntando a la raíz de las cuestiones, pueden ofrecer un soplo de aire fresco para afrontar con renovado empeño la bella tarea de educar.


Comienza un nuevo curso. Como profesores de Religión, además de los problemas específicos relacionados con el reconocimiento de la dignidad de nuestra asignatura y de su profesorado, compartimos las dificultades que afronta toda la comunidad educativa en la tarea de educar. Hay que reconocer que hay motivos que puedan llevar a un cierto pesimismo, pues la labor de la educación parece cada vez más ardua. Una palabra de aliento nos puede venir bien en este inicio de curso para no ceder a la tentación de un pesimismo desesperanzado.

Ese aliento puede proceder de la enseñanza de Benedicto XVI, quien, de manera insistente, viene abordando en los últimos años el tema de la educación, haciendo notar que nos encontramos ante una “emergencia educativa”, expresión con la que quiere significar que la actual crisis de la educación demanda de toda la comunidad eclesial una respuesta que tiende a asumir el carácter de urgencia e incluso de emergencia.  En el diagnóstico que hace el Papa sobre cuáles son las razones de la actual crisis en la educación, podemos encontrar puntos coincidentes con los análisis que se puedan hacer desde otras instancias, pero es especialmente original e iluminador donde sitúa el Papa la raíz de la actual crisis de la educación: en nuestro mundo existe una crisis en la confianza en la vida. De ahí que Benedicto XVI proponga al educador cristiano, como primera contribución a la sociedad, un hermoso reto: testimoniar nuestra confianza en la vida y en el hombre, en su razón y en su capacidad de amar. Esta confianza no nace de un optimismo ingenuo, sino de una esperanza fiable, la esperanza puesta en Jesús, que ilumina de verdad cómo es el corazón del hombre.

¿Cuáles serían las exigencias básicas de una educación auténtica, que invite a vivir la vida en plenitud y que ayude a poner un dique a la desesperanza? El Papa da algunas pistas:

  • Una educación que no se limite a dar nociones e informaciones y que no deje al margen las preguntas sobre el sentido de la vida, en particular, la pregunta acerca de la verdad que pueda guiar la vida.
  • Una educación que no busque proteger a los niños y jóvenes de cualquier dificultad y experiencia de dolor, pues se corre el riesgo de formar personas frágiles y poco generosas.
  • Una educación que encuentre el equilibrio adecuado entre libertad y disciplina. La relación educativa es un encuentro de libertades y se debe buscar conjugar la aplicación de las reglas de comportamiento y la propuesta de objetivos por los cuales valga la pena gastar la propia vida, con la progresiva autonomía y responsabilidad de quienes son educados.
  • Una educación que suscite la valentía de las decisiones definitivas. Para dar auténtica consistencia a nuestra libertad, las decisiones definitivas son indispensables para crecer y alcanzar algo grande en la vida.

Para esta propuesta educativa, el Papa insiste en la necesidad de educadores autorizados a las que las nuevas generaciones puedan mirar con confianza. Estos educadores deberán cuidar:

  • El acompañamiento personal del alumno. En un ambiente social en el que el aislamiento y la soledad es una condición generalizada, es decisivo este acompañamiento personal, que da a quien crece la certeza de ser amado, comprendido y acogido.
  • Educadores capaces de “formar una red” en la que se integren familias, escuela, comunidad eclesial y otras instancias educativas.
  • Un educador que no se desinterese de la orientación conjunta de la sociedad a la que pertenecemos, de las tendencias que la impulsan y de las influencias positivas y negativas que ejerce en la formación de las nuevas generaciones.
  • La figura del educador como testigo es especialmente importante cuando se trata de educar en la fe. El testigo no transmite sólo informaciones, sino que está comprometido personalmente con la verdad que propone, y con la coherencia de su vida resulta punto de referencia digno de confianza.

Esta invitación a ser testigos de esperanza en el mundo educativo es ciertamente exigente, pero a la vez apasionante, siempre que esté latiendo en nosotros esta convicción que expresamente bellamente Benedicto XVI: también en nuestro tiempo educar en el bien es posible, es una pasión que debemos llevar en el corazón, es una empresa común a la que cada uno está llamado a dar su contribución.

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